MARÍA SOLEDAD QUIROGA (BOLIVIA)


 

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María Soledad Quiroga nació en Santiago, Chile, porque sus padres vivieron algunos años allí, pero es boliviana.

Marisol, tal como la llaman sus personas conocidas, manifiesta que su padre, Marcelo Quiroga Santa Cruz, fue un hombre excepcional, un escritor y un luchador por la justicia, que fue asesinado y desaparecido en Bolivia en 1980. Él fue un ejemplo de integridad, compromiso y consecuencia que la acompaña siempre.

Cree que la vida, las distintas experiencias que le han tocado vivir, las dolorosas y las felices, la han conducido hacia la cultura de paz.

Marisol alude a que la historia de Bolivia, como buena parte de la historia latinoamericana, ha sido violenta, no solamente por la existencia de conflictos armados y de regímenes dictatoriales que conculcaron todas las libertades y ejercieron la violencia directa, sino también por la violencia estructural y cultural que han sido una constante. Vivir en esa realidad y conocer de manera directa la violencia y sus efectos la sensibilizó desde muy temprano y la hizo comprender la necesidad de construir una cultura alternativa, que es la cultura de paz.

Trabajó muchos años en el ámbito educativo, que cree es fundamental para lograr un cambio profundo de la sociedad y de la forma en que las personas y los grupos se relacionan entre sí, y desde hace diez años trabaja en la Fundación UNIR, cuyo objetivo es contribuir a la construcción de una cultura de paz en Bolivia a través de distintas líneas de actividad.

Ana María Romero de Campero, Mujer de Paz Boliviana y la primera Defensora del Pueblo que tuvo Bolivia, fue una mujer que aportó mucho al país desde distintos espacios: el periodístico, el de derechos humanos, el de la cultura de paz, en los que trabajó con gran lucidez y entrega.

Marisol tiene presente a Ana María ya en épocas anteriores a su encuentro con ella en la Fundación UNIR. Fue notable su trabajo en la dirección del periódico Presencia (María Soledad recuerda que su padre decía que una de las mejores entrevistas que le habían hecho era la de ella) y después como Defensora del Pueblo. Ana María era una persona muy carismática que dejó una huella en las personas con las que trabajó y con quienes se relacionó. Cree que su principal legado es su entrega entusiasta y valiente a aquello en lo que creía.

Marisol destaca que no puede existir paz si persiste la injusticia y desigualdad. Si bien en Bolivia se han logrado algunos avances en cuanto a la reducción de la pobreza extrema, la violencia estructural sigue vigente y la violencia directa se ha convertido en un problema de enormes dimensiones, que en los últimos años se encuentra más visibilizado –lo cual es bueno–, pero que, según muestran los datos, está en crecimiento: siete de cada diez mujeres han sufrido algún tipo de violencia, el país ocupa el primer lugar entre doce naciones latinoamericanas en violencia contra la mujer y el segundo lugar en violencia sexual, existiendo muy pocos casos de enjuiciamiento y condena; la violencia contra los niños y la trata de personas, especialmente de mujeres rurales e indígenas y de niñas, son otras facetas de ese terrible fenómeno.

Asimismo la discriminación contra las mujeres en distintos ámbitos: su acceso limitado al empleo formal, su remuneración inferior a la del hombre, su reducida y poco sustantiva participación política por el claro predominio de la cultura patriarcal que la hace funcional a sus necesidades, son obstáculos en la construcción de una cultura de paz.

En este panorama, el trabajo por realizar es inmenso, más aún si se considera que buena parte de la violencia en sus distintas formas se encuentra naturalizada. Marisol sigue creyendo que cambiar esta situación requiere, fundamentalmente, de información y educación. Desde la Fundación UNIR se realizan esfuerzos por aportar en este sentido, a través de la investigación sobre conflictividad social y sobre comunicación democrática y del desarrollo de capacidades para la gestión de conflictos y la construcción de cultura de paz en distintos actores.

Marisol manifiesta que, pese a todas las dolorosas lecciones que el ejercicio de la violencia nos ha dejado como humanidad, pareciera que se impone en el mundo la lógica suicida de responder a la violencia con violencia. Esto parte de un enorme error de percepción: considerar que existe una verdad y que una persona o un grupo, puede ser poseedor de esa verdad, cuando la realidad nos muestra que nadie es dueño de la verdad y que probablemente la verdad no existe, lo que hay son aproximaciones a ésta a partir de experiencias distintas. Creer que uno tiene la razón conduce a tratar de imponerla por todos los medios, incluso mediante la violencia.

Por lo tanto le parece que lo que se requiere es apertura al diálogo, al encuentro respetuoso con el otro, valorando su diferencia, su propia visión de las cosas, reconociendo sus aportes grandes y pequeños y la necesidad de su existencia tal como es, no sólo porque tiene pleno derecho a la existencia, sino también porque lo necesitamos. Todos somos necesarios y nos necesitamos.

Se suele pensar que la paz, entendida no solamente como el cese de la violencia directa, sino como la extinción de la violencia en sus distintas modalidades, es una utopía, un sueño inalcanzable, porque la violencia es parte de la naturaleza humana. Aunque no podemos negar la capacidad de agresión y violencia que tenemos las personas, podemos concentrar nuestros esfuerzos para que la capacidad constructiva, la capacidad de diálogo, la capacidad creadora que tenemos, y que son fuente de alegría y enriquecimiento, se expandan. Este tipo de experiencias son poderosas y transformadoras, si pudiéramos poner al alcance de los niños este tipo de experiencias seguramente podríamos construir un mundo mejor.